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El hombre que vio demasiado

Una mirada encuentra a la cámara, el sujeto se sabe visto por ese ojo mecánico que lo percibe. Puede tratarse de una presencia incómoda si uno se siente acosado por la lente, o bien puede tratarse de una sensación siniestra en la que uno se siente observado, pero no reconoce con claridad desde dónde. Es preciso encontrar ese ojo insistente y salir de la duda, nuestra mirada busca encontrarse con ese otro que ha de exponerlo, tal como si al encontrar ese ojo mecánico, mirarlo fijamente y situarse ante él, fuese posible encontrarse a sí mismo, acceder al yo y reconocerse. Ese personaje como otros tantos, aparecen en la composición de las imágenes fotográficas que nos regala el gran maestro de la imagen roja: Enrique Metinides, quien decidió hacer participes a los curiosos que se encontraban en la escena.

A todos nos gusta ser retratados —asume el fotógrafo—. Sí, a esos que en algún momento hemos sido nosotros cuando curioseamos la nota roja al pasar por el puesto de periódicos de la esquina: tú, yo y aquellas pequeñas aglomeraciones a quienes les gusta observar La Prensa, pero sin comprarla. Quizá comprarla comprometería el propio estatus moral del individuo, es mejor mantenerse al margen y no dejarse vencer por aquello que no sabemos qué es, pero que está claro que es parte de nuestra naturaleza.

Qué difícil es reconocer ese ánimo de observar aquella imagen sangrienta del individuo decapitado que cayó, víctima de un ajuste de cuentas. Qué difícil reconocer eso que nos atrapa y nos hace permanecer un par de minutos, atentos a la degradación corporal de alguien que ayer era este mismo espectador, así como tú, como yo o como ese pequeño aglomerado de sujetos. Eso que no sabemos cómo describir, pero que nos hace voltear la mirada al diario de nota roja, eso que nos hace posar ante la cámara cuando estamos en el lugar de los hechos, es una presencia incómoda que nos cuesta tanto reconocer como parte de nosotros mismos y que, sin embargo, siempre nos acompaña.

Es más fácil, en general, alejarnos de las imágenes terroristas, antes que aceptar que describen nuestra realidad; no es nada cómodo pensar que la imagen roja puede funcionar como un termómetro de nuestra sociedad, de nuestra política, de nuestra economía y hasta de nuestra fe. Lo más duro resulta enfrentarse a uno mismo, analizar la cotidianidad, es preferible ser juez de lo que en apariencia es ajeno —pero que de fondo lo refleja a uno mismo—.

¿Cómo podríamos describir esa sensación que nos paraliza ante la imagen roja? ¿Es gusto? ¿Alguien podría decir que le gusta ver cadáveres? ¿Es deseo? Si alguien cercano a nosotros dijera eso de sí mismo quizá reprobaríamos su proceder, posiblemente nos causaría rechazo o incomodidad; en el mejor de los casos cierta comprensión, pero también un mínimo de distancia. Si esto es así, resultaría aún más grave asumir tal modo de ser en uno mismo. Dada esta incomodidad ante la atmosfera visual de la muerte, ¿qué significa para nosotros el personaje que captura la tragedia humana?, ¿quién es para nosotros es persona que ha dedicado unas cinco décadas a fotografiar la muerte?

A pesar de la tendencia a creer que nos encontramos ante un Enrique Metinides desalmado y carente de sentimientos, El hombre que vio demasiado (2015) nos muestra al coleccionista de juguetes, al abuelo cariñoso, al padre responsable, al hombre religioso, al sujeto que se viste de etiqueta para ir a entrevistar a la muerte y conocer sus últimos actos. Esta película nos permite asomarnos dentro de la vida de un hombre a quien su trabajo lo apasiona, pero también lo desgarra, un hombre que habita ese mundo tan menospreciado por la vida y el que sólo se visita mediante rituales románticos, es decir, el día festivo para la muerte.

Tenemos la oportunidad de transitar por distintos Metinides, sobre todo por el humano, ese que lleva la carga de dar cuenta de la brutalidad de la mirada. El que en un momento nos puede presentar como ese espectador curioso que posa ante la cámara, pero que en otro como el protagonista de la tragedia que significa la vida, como ese cuerpo inerte que ya no posa a voluntad, pero que refleja un submundo del que menciona que: si estuviera más presente en nuestras vidas, no lo querríamos seguir habitando. Este plano que nos presenta el fotoperiodista es quizá el más cercano a la verdad, quizá no: sírvase el espectador de generar su propio juicio al respecto, que será a su vez, un juicio sobre sí mismo, sobre su profunda humanidad.

Resulta paradójico que un periodista que persigue siempre muchas de las notas que ocuparán la primera plana, termine ilustrando una de ellas. Esta película está dedicada a los más de 165 fotoperiodistas asesinados desde el año 2000. Un homenaje que merece la pena ver, referido a quien fuera no sólo ignorado durante la mayor parte de su carrera, sino visto como artífice el morbo, de la fealdad y a quien sólo en la actualidad se le ha logrado reconocer por su labor artística y en ocasiones, heroica.

La presente es una invitación: ¡permítase fotografiarse a sí mismo!

Una colaboración de: Alan Quezada Figueroa

EN CARTELERA DE CINE LA MINA
El hombre que vio demasiado
(México, 2015, 88 mins.)
Directora y guionista: Trisha Ziff.

Domingo 09 de julio: 4:00 p.m. / 6:00 p.m.
Lunes 10 de julio: 8:30 p.m.
Martes 11 de julio: 8:30 p.m.
Miércoles 12 de julio: 4:00 p.m. / 6:00 p.m.

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